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Ruanda: cicatrices que hablan
Manos Unidas, 6-4-2004
En tres meses, el país más densamente poblado de África perdió más del 20 por ciento de sus habitantes
"Estoy seguro de que habría habido más reacción si alguien hubiese tratado de exterminar a los 300 gorilas que viven en las montañas de Ruanda". Esta dura y contundente afirmación salió, hace escasas semanas, de los labios del general canadiense Romeo Dallaire, mando superior de las tropas que Naciones Unidas envió a Ruanda para intentar poner fin a los sangrientos enfrentamientos entre hutus y tutsis, que durante décadas habían teñido de sangre la historia de este país del centro de África.

Pero no se trataba de gorilas sino de cientos de miles de personas –casi un millón- que murieron víctimas del odio étnico, ante la falta de respuesta de la comunidad internacional. Y de cerca de 1.200.000 que tuvieron que abandonar sus hogares, dejando atrás toda una vida, huyendo de la brutalidad de sus propios semejantes.
El próximo 6 de abril se conmemora el décimo aniversario de una de las matanzas más feroces que se recuerdan en el mundo, que dejó malherida a una nación, que todavía hoy, habla a través de sus cicatrices.

Antecedentes y consecuencias

En las primera semanas de la pcrimavera de 1994, las imágenes del horror y la violencia inundaron las pantallas y las portadas de los medios de comunicación de todo el mundo. En Ruanda, el pequeño país "de las mil colinas", se empezaba a escribir una de las páginas más trágicas de la historia del mundo, un genocidio que hoy muchos reconocen que podría haberse evitado, de no haber sido por la pasividad internacional.

La población de Ruanda, cercana a los 9 millones de habitantes, está compuesta principalmente por dos grupos étnicos enfrentados durante décadas: la mayoría hutu (85 por ciento) y una minoría tutsi (14 por ciento), a los que hay que sumar el uno por ciento formado por los pigmeos twa, los más olvidados y marginados.

Aquel 6 de abril de 1994 un misil derribó en pleno vuelo el avión que trasladaba a Juvenal Habyarimana y a Cyprien Ntaryamira, presidentes respectivamente de Ruanda y Burundi, las dos naciones africanas más afectadas por la violencia étnica entre tutsis y hutus. La respuesta de las milicias presidenciales ruandesas, pertenecientes a la etnia hutu, no se hizo esperar.

Durante casi cien días, en una campaña de terror perfectamente organizada y –según muchos- planeada de antemano, se sucedieron las matanzas, mutilaciones y violaciones, que dejaron centenares de miles de víctimas entre los miembros de la etnia tutsi y entre los hutus moderados, opuestos a la dictadura de Habyarimana, quien se alzó con el poder en 1973, tras un golpe de estado, y durante más de dos décadas sometió con dureza a la oposición y sumió al país en la miseria.

En tres meses, el país más densamente poblado de África perdió más del 20 por ciento de sus habitantes. En los años posteriores a la matanza, se encontraron miles de fosas comunes donde se hacinaban los cadáveres de las víctimas de la masacre. Aquéllos que salvaron sus vidas sufren todavía las secuelas del cruel genocidio.

En Ruanda hay cientos de miles de niños huérfanos, que viven en circunstancias extremas. Son niños marginados que luchan por sobrevivir sin el apoyo de los adultos. Algunas organizaciones humanitarias estiman que la cifra de pequeños que viven en hogares carentes de la supervisión de un adulto ronda los 300 mil. Su situación les hace más vulnerables a la pobreza y la explotación.

También la población femenina continúa padeciendo diez años después las consecuencias de las atrocidades cometidas durante los meses de terror. Muchas mujeres, cerca de medio millón, fueron sistemáticamente violadas y usadas como arma de guerra. Algunas de ellas, la mayoría, sufren todavía graves secuelas psicológicas. Otras murieron víctimas del SIDA y de diversas enfermedades venéreas.

Sobre ellas, que en algunos lugares del país suponen más de 65 por ciento de la población, ha recaído la parte más dura del proceso de reconstrucción de la nación. De su esfuerzo diario depende sacar adelante sus hogares y sus hijos. Proliferan las familias monoparentales cuyas mujeres se esfuerzan por sobrevivir en un país con un elevado índice de pobreza (Ruanda ocupa el puesto 158 de 175 en el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas publicado en 2003).

Heridas abiertas

En abril de 2004, Ruanda vive una paz tensa bajo la presidencia de Paul Kagame, que ejerce un poder absoluto.
"La gente intenta, si no está contenta, callarse. Saben que es mejor para ellos no quejarse", afirma una misionera que atiende un proyecto financiado por Manos Unidas, que prefiere mantenerse en el anonimato porque "no sé cómo lo hacen, pero se enteran de todo. Y así corremos peligro".

Esta mujer fue testigo directo de la barbarie. Su congregación permaneció ayudando a los afectados hasta mediados de aquel fatídico mes de abril, cuando recibieron la orden de abandonar el país. "Fueron días muy duros", recuerda, mientras afirma que el genocidio no empezó con la guerra. Ni acabó días después. "Todavía hoy siguen enterrándose restos humanos".

Aunque la población intenta salir poco a poco de la pesadilla, vive con miedo. Es mucho el dolor y la rabia acumulada. Las lesiones físicas han cicatrizado, pero todavía están abiertas las heridas del corazón.

"Las heridas están ahí y ahora se vuelven a revivir con la conmemoración". De esta manera, el gobierno del tutsi Kagame, intenta mantener vivo el recuerdo. "No quieren que se borre, quieren que esté en la memoria ahora, y dentro de cincuenta años". "Hoy mismo, nos han requisado la ambulancia para el desfile", porque que la asistencia al desfile sea masiva.

Semejante barbarie escapa a la comprensión de la mayor parte de los seres humanos; incluso aquéllos que llevan años conviviendo con "esta buena gente", no pueden explicarlo. Todavía hay represalias contra los hutus. Si alguno alcanza un puesto con algún poder "enseguida viene alguien a quitárselo". "No sabes cómo entenderlo…"

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