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La condición de hembra o varón
José Antonio Marina.
Aprender a vivir. Ariel. Barcelona, 2004 (p. 91 a 93)
El tercer componente de la matriz personal es el sexo, es decir, la condición de hembra o varón. No olviden que estoy estudiando las diferencia fisiológicamente condicionadas, que después la cultura elaborará. Éste es un caso de excepcional interés para el estudioso de la emergencia de la personalidad. Ser macho o hembra es un hecho biológico. Ser hombre o mujer es un fenómeno troquelado culturalmente.

Ni los hombres proceden de Marte ni las mujeres de Venus. Ambos vienen de África. Sus cerebros son tan similares que el neuroanatomista necesita vista de lince para encontrar las pequeñas diferencias que existen entre ellos. Sus niveles generales de inteligencia son los mismos, según los mejores cálculos psico-métricos, y emplean el lenguaje y piensan sobre el mundo físico y vivo del mismo modo general. También tienen los mismos sentimientos básicos, y ambos géneros disfrutan del sexo, buscan unos compañeros inteligentes y amables, tienen celos, se sacrifican por los hijos, compiten por conseguir estatus y pareja y a veces cometen agresiones al buscar o favorecer sus intereses. Se han encontrado diferencias en el ritmo de adquisición del lenguaje, en las capacidades verbales en su conjunto, en el razonamiento matemático y en la realización de tareas espaciales. Los varones son más activos y muestran su predilección por juegos de mayor violencia. Los bebés masculinos tienden a explorar por medio del tacto, los femeninos visualmente. Los varones muestran más agresividad física, las chicas muestran más agresividad social.

Muchas de las diferencias psicológicas entre los sexos son exactamente las que supondría un biólogo evolutivo que sólo conociera las diferencias físicas. La diferencia en corpulencia denota una historia de mayor competencia violenta por parte de los machos, entre otras cosas, por las oportunidades de apareamiento.

Además, los andrógenos tienen unos efectos permanentes en el cerebro en desarrollo, no sólo unos efectos pasajeros en el cerebro adulto. Las niñas con hiperplasia adrenal congénita producen una gran cantidad de andrógenos. Aunque sus hormonas alcanzan un nivel normal poco después de nacer, inician un desarrollo de características poco femeninas, con preferencia por los juegos bruscos, mayor interés por los coches que por las muñecas, mejores habilidades espaciales, y cuando se hacen mayores, más fantasías y deseos sexuales en los que intervienen otras niñas. Por otra parte, si inyectamos hormonas femeninas a ratas machos comienzan a realizar movimientos femeninos de acoplamiento sexual.

Si el género fuera un fenómeno exclusivamente social, culturalmente inducido, un niño al que se le hiciera una operación para cambiarle de sexo, y se le educara como niña, debería sentirse una niña. Unas situaciones desdichadas nos han permitido investigar este caso en la realidad. El estudio de 25 niños que habían nacido sin pene, y a los que posteriormente se castró y educó como niñas, demostró que en todos los casos estas personas mostraron patrones masculinos, se dedicaban a juegos bruscos y tenían unas actitudes e intereses típicamente masculinos. Más de la mitad declararon espontáneamente que eran niños, uno cuando sólo tenía 5 años. Pinker cuenta el caso de un niño que perdió el pene por una circuncisión mal hecha. Un especialista, que pensaba que el género era una construcción social absoluta, recomendó que se castrara al pequeño, se le implantara una vagina artificial y se le educara como niña. A los 14 años se sentía tan desgraciado que decidió que o bien vivía su vida como chico o acababa con ella.

Esta incidencia del sexo en la matriz personal plantea serios problemas educativos. Niños y niñas tienen que configurar su identidad de género, es decir, adquirir a partir de ese temperamento hábitos afectivos, cognitivos y roles sociales. Después de muchos siglos en los que era necesario mantener una lucha tenaz a favor de la igualdad de género, tal vez ahora tengamos que volver a educar las diferencias. Hombres y mujeres tenemos que ser iguales jurídica, social y éticamente, pero, ¿debemos ser también iguales afectivamente? ¿Debemos resucitar el mito del andrógino?

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