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 Historia de la pena de muerte
La rentabilización de la pena de muerte
Diderot
(1713-1784), en La Enciclopedia, en el apartado de "Anatomía" escribe:
"¿Qué tiene de inhumano la disección de un malvado? (...) ¿No hallarían su propio provecho la anatomía, la medicina y la cirugía en esta situación? En cuanto a los criminales, pocos hay de entre ellos que no prefieran una operación dolorosa a una muerte cierta; y que, antes que ser ejecutados, no se sometieran, sea a la inyección de licores en la sangre, sea a la transfusión de este fluido, y no se dejaran o amputar la pierna en la articulación, o extirpar el bazo, o quitar alguna porción del cerebro, o ligar las arterias mamarias y epigástricas o serrar una porción de dos o tres costillas, o cortar un intestino del que se introduciría la parte superior en la inferior o abrir el esófago, o ligar los conductos espermáticos, sin afectar con ello el nervio; o ensayar cualquier otra operación en cualquier otra víscera."
>> cita ampliada
Siempre ha existido gente dispuesta a sacar partido de las mayores barbaridades. Y gente empujada a sacarlo a causa de hechos circunstanciales, como es el caso al parecer del representado en el grabado de Goya "A la caza de dientes", de la serie Los Caprichos, en el que una mujer intenta arrancar un diente a un ahorcado, no se sabe exactamente por qué motivo. Esta actitud rentabilizadora ante la muerte ajena a menudo es un ingrediente presente, de una u otra forma, en los rituales de ejecuciones. Sin ir más lejos, también en la muerte de Jesús de Nazaret:
"Los soldados, pues, cuando crucificaron a Jesús, cogieron sus vestidos e hicieron cuatro partes, una para cada soldado."
Evangelio de San Juan, 19.23
Pero sin duda los alumnos más aventajados en este empeño de sacar provecho de los cuerpos de los ejecutados y de sus pertenencias fueron los nazis, con su siniestra política genocida desarrollada en los campos de exterminio. Además de la reutilización y el reciclaje de los objetos personales de los condenados a las cámaras de gas (como las joyas, la ropa, los zapatos o cualquier otra pertenencia), llegaron a la degradación de utilizar en ocasiones las cenizas de los cuerpos gaseados y luego incinerados como pavimento para los caminos, o a transformar sus cuerpos en jabón, cepillos...

Millones de muertos (mayoritariamente judíos, también gitanos, homosexuales...), fueron la consecuencia de la locura nazi, no sólo gaseados, también ejecutados de otras formas, con un tiro en la nuca, ahorcados, electrocutados en las alambradas, destrozados por perros amaestrados para matar, o sencillamente fallecidos a causa de las condiciones de vida extremas, a causa de la desnutrición, el frío o el agotamiento. Sin olvidar las víctimas de médicos sin escrúpulos como Josef Mengele, que utilizaba algunos presos como materia prima de insensatos ensayos, poniendo de actualidad la teoría utilitarista de la muerte ajena propugnada dos siglos antes por Diderot.

La versión actual de esta rentabilización de la pena de muerte es la comercialización de los órganos de los ejecutados en China, un negocio floreciente a causa del elevado índice de penas a muerte que se dictan y llevan a cabo cada año:

"El 95% de las donaciones de órganos humanos para transplantes hospitalarios registrados en China, proceden de prisioneros ejecutados. Así lo ha confirmado ésta semana un semanario pekinés, que cita declaraciones del vice ministro de sanidad chino, Huang Jiefu. Se trata del primer reconocimiento oficial de un asunto, hasta ahora únicamente denunciado por organizaciones de derechos humanos. (...) Teóricamente, la donación se realiza con el consentimiento previo del ejecutado, pero en la practica el asunto se reduce a un negocio corrupto entre la policía y los hospitales, que en algunos casos han enviado ambulancias con equipos médicos a los lugares de ejecución para extraer el órgano inmediatamente."
Rafael Poch. La Vanguardia, 5-12-2005 >> noticia completa
Otra forma reciente de rentabilizar la pena capital fue la utilización de condenados a muerte para experimentar armamento químico durante la dictadura irakí de Sadam Hussein:
"En medio del desierto iraquí, en una localidad llamada Muthena, a unos 40 kilómetros al oeste de Samarra, se levantan los restos de lo que oficialmente era una fábrica de pesticidas pero que en realidad, según aseguran represaliados políticos iraquíes, servía para experimentar los efectos en el ser humano del armamento químico que poseía Irak. Al menos durante la década de los ochenta, durante la guerra con Irán en la que se empleó material de este tipo, los conejillos de indias de los ingenieros químicos iraquíes fueron condenados a muerte."
J. Marirrodriga El régimen de Sadam experimentó sus armas químicas en condenados a muerte. El País, 30-4-2003. >> ampliación del fragmento

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