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 Historia de la pena de muerte
Las persecuciones de cristianos
"Lo condujeron, pues, al lugar llamado Gólgota, que quiere decir lugar de la Calavera. Le dieron vino mezclado con mirra, pero él no lo aceptó. Luego lo crucifican, y se repartieron sus vestidos, echando suertes sobre ellos, a ver qué le tocaba a cada uno. Era la hora tercera cuando lo crucificaron. Y encima estaba escrito el título de su causa: El rey de los judíos. También crucifican con él a dos ladrones: uno a su derecha y otro a su izquierda."

Evangelio según san Marcos (15,22-27).

Sin duda el condenado a muerte más conocido de la historia es Jesús de Nazaret. La representación pictórica y escultórica de su crucifixión es el tema más tratado de toda la historia del arte, su muerte la más comentada en los distintos géneros literarios (aparte de las obras estrictamente religiosas). La influencia de su vida y de su muerte ha sido omnipresente en la historia de Occidente.

Su ejecución se llevó a cabo de forma ejemplarizante mediante la crucifixión. Una muerte lenta y dolorosa (habitual en la época), precedida de torturas: su flagelación, coronación de espinas y la subida con la cruz a cuestas hasta el Gólgota.

Con la ejecución de Jesús de Nazaret se abre un capítulo especial de la historia de la pena de muerte, uno de los episodios más dramáticos de la antigüedad. Pocos años después de la muerte de Jesús de Nazaret morirá lapidado San Esteban; será el inicio de las persecuciones que, durante tres siglos, se irán produciendo contra los cristianos en el Imperio Romano, con el resultado de millares de personas (los mártires), condenadas a morir a causa de su fe, de las formas más dolorosas y diversas. Serán las víctimas de las persecuciones de Nerón, Domiciano, Trajano, Marco Aurelio, Septimio Severo, Decio, Valeriano y, especialmente, Diocleciano, que el año 303 promulgó cuatro decretos de persecución. A esta época corresponden, por ejemplo, entre otras muchas, las ejecuciones del diácono San Vicente en Valencia (cargado de cepos y cadenas, azotado, descoyuntado, desgarrado con garfios de hierro, postrado en un lecho de hierro  incandescente) y Santa Engracia en Zaragoza (mutilada, arrastrada y rematada atravesándolo un clavo en la cabeza).

Poco después de la persecución de Diocleciano, en el año 313, Constantino y Licinio proclamaron el Edicto de Milán, reconociendo el derecho a la libertad religiosa y dando fin así a las persecuciones.

Pero lo más dramático estaba por llegar. Ya nos hemos referido a la relación entre las clases dominantes y la pena de muerte. Antes de finalizar el siglo cuarto, con una Iglesia cada vez más influyente, en el año 392 Teodosio el Grande anula de nuevo la libertad religiosa, en este caso prohibiendo cualquier otro culto fuera del cristianismo.

"Teodosio I dio claras muestras de sus convicciones religiosas y de la energía de su gobierno en la lucha que emprendió desde el principio contra los últimos restos del paganismo (...) El año 380 dio una ley sumamente significativa, en la cual se declaraba que 'era su voluntad que todos los pueblos sometidos a su cetro abrazasen la fe que la Iglesia romana había recibido de San Pedro' (...) El punto culminante de esta legislación lo forma la orden del año 392, en que se considera y castiga todo culto pagano como crimen de lesa majestad."
B. Llorca, R. García Villoslada, F.J. Montalbán. Historia de la Iglesia Católica, Tomo I. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1955
En menos de un siglo, conseguido el poder, los perseguidos se convierten en perseguidores, y a partir de entonces serán ellos, en ocasiones con terrible ensañamiento,  los responsables de las persecuciones contra los paganos o infieles, como llamaban a los no cristianos.

Lamentablemente, no será una experiencia aislada en la historia; se ha repetido en distintas culturas, bajo el estandarte de distintas creencias, religiosas o laicas. De forma casi cíclica e inevitable. La tentación de imponer por la fuerza las propias convicciones una vez alcanzado el poder ha hecho olvidar a menudo a las nuevas clases dominantes el dolor y la indignidad propios de la condición de personas humilladas y sometidas. Y uno de los precios, el mayor, que han pagado los discrepantes del poder ha sido las condenas de muerte que han padecido, en cada caso fundamentadas en la defensa de principios distintos.


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