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  Historia de los derechos humanos
Ética, felicidad y derechos
La historia de la ética (aquella parte de la filosofía que se dedica a la reflexión sobre la moral), tiene una estrecha relación con la emergencia de lo que finalmente hemos acabado llamando derechos humanos.

Si bien la ética fue tratada sistemáticamente por primera vez en la Grecia clásica, lo cierto es que su presencia en el mundo mental de los seres humanos es mucho anterior: la reflexión sobre las mejores formas de comportamiento humano seguramente aparece lentamente, a partir del momento en que algunos homínidos inician el proceso de "humanización", un procesó que les llevará a establecer de forma progresiva normas de conducta, individuales y colectivas, con la finalidad de hacer posible la vida dentro de una comunidad (familia, clan, más tarde las ciudades...), ya que sin normas y valores la vida en común no es viable.

Debemos a los filósofos de la Grecia clásica que fueran los primeros sistematizadores de la reflexión sobre las normas morales y unos grandes divulgadores de estas reflexiones. Afirmaron que el objetivo del ser humano es alcanzar la felicidad, para lo cual hay que evaluar la idoneidad del conjunto de normas y creencias que regulan el comportamiento de una persona (su moral), estableciendo aquellos principios que se consideran buenos (eficaces, deseables)  para conseguir la felicidad, y aquellos principios que se consideran malos (obstaculizadores, rechazables). Y no sólo en el ámbito individual, también en el político: cuales son los rasgos morales, el tipo de organización social, más adecuado para conseguir la felicidad colectiva, una búsqueda que les llevó a la invención y la defensa de los primeros sistemas democráticos.

No obstante, en la medida que la idea de felicidad es una creación humana, se concreta conceptualmente de formas distintas. Por ejemplo, en la Grecia clásica, a través de la ética aristotélica, la ética hedonista, o la ética estoica. Esta última, con su doctrina de la ley natural y de la dignidad humana, ejerció una gran influencia sobre toda la evolución posterior del mundo occidental, principalmente a través de su incorporación al cristianismo emergente, convertido en el siglo IV en religión oficial del Imperio Romano.

A caballo entre los siglos IV y V, Agustín de Hipona inicia la tradición de las éticas teológicas (según las cuales sólo en Dios podemos encontrar la felicidad y las respuestas a nuestras preguntas). Ya en el siglo XIII, Tomás de Aquino, continuando la tradición agustiniana, sostiene la existencia de un derecho natural establecido por Dios, concluyendo que toda acción que sigue los principios del derecho natural es correcta, e incorrecta si no los sigue.

En el siglo XVII, John Locke argumenta que los derechos de las personas no dependen de un derecho natural instaurado por alguna divinidad, sino que son los mismos seres humanos quienes tienen la capacidad de establecer un pacto que regule sus relaciones: un pacto que defina lo que es correcto y lo que no lo es, de forma que quede garantizado el respeto de los derechos que poseen todos los seres humanos (unos derechos que él afirma que son irrenunciables, a diferencia de Hobbes).

En el siglo XVIII David Hume considera que son los sentimientos, y no la razón, los elementos que utilizan los seres humanos para decidir lo correcto e incorrecto: las acciones humanas provocan una serie de sentimientos, de aprobación o de rechazo, que sirven para evaluar la corrección de dichas acciones.

Por su parte, también durante el siglo XVIII, Immanuel Kant es el heredero de las antiguas éticas estoicas. Kant es el moderno iniciador de las éticas del deber, aquellas que tienen como referente lo que la razón concluye que es lo más justo (en oposición a las éticas de los fines como la aristotélica y la hedonista, aquellas que se preguntan lo que hace felices a los seres humanos).

Además de las aportaciones filósóficas de Hume y Kant, desde el punto de vista de la evolución de las concepciones morales el otro hecho trascendental del siglo XVIII es la proclamación de las grandes declaraciones de derechos. En el preámbulo de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789, la antigua aspiración a la felicidad de la Grecia clásica sigue estando presente:

"Los representantes del pueblo francés (...) han resuelto exponer, en una declaración solemne, los derechos naturales, inalienables y sagrados del hombre (...) a fin de que los actos del poder legislativo y del poder ejecutivo (...) redunden siempre en beneficio del mantenimiento de la Constitución y de la felicidad de todos."
La felicidad también aparece en las declaraciones de derechos americanas de finales del siglo XVIII, como en la Declaración de Derechos de Virginia, o en la misma Declaración de Independencia de los Estados Unidos. En ellas, se menciona "la búsqueda y obtención de la felicidad", dando a entender (de acuerdo con las teorías aristotélicas), que su obtención sólo puede ser el resultado de una acción, de una actividad: la felicidad no se concede ni se garantiza, lo que se puede hacer es alcanzarla. La sociedad, el estado, lo que debe hacer es no poner impedimentos a los individuos, garantizar que no existan obstáculos. Por ejemplo, a una persona esclavizada o que viva con el temor de ser torturada, "la búsqueda y obtención de la felicidad" no le será tarea fácil.

No obstante, cuando se redacta en 1948 la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la felicidad, a diferencia de en las declaraciones americanas y francesa, ya no se menciona. Esta desaparición está relacionada con la evolución de las teorías éticas (sobre las que es determinante la influencia kantiana), que junto a la búsqueda de la felicidad incorporan un nuevo concepto, la búsqueda de la justicia, un objetivo al que cada vez se le atribuye un mayor protagonismo.

"No cabe duda de que la Ética, entendida al modo aristotélico como saber orientado al esclarecimiento de la vida buena, con la mirada puesta en la realización de la felicidad individual y comunitaria, sigue formando parte de la Filosofía práctica, aunque, como veremos, la cuestión de la felicidad ha dejado de ser el centro de la reflexión para muchas de las teorías éticas modernas, cuya preocupación se centra más bien en el concepto de justicia. Si la pregunta ética para Aristóteles era '¿qué virtudes morales hemos de practicar para lograr una vida feliz, tanto individual, como comunitariamente?', en la Modernidad, en cambio, la pregunta ética más bien sería esta otra: '¿qué deberes morales básicos deberían regir la vida de los hombres para que sea posible una convivencia justa, en paz y en libertad, dado el pluralismo existente en cuanto a los modos de ser feliz?"
Adela Cortina y Emilio Martínez. Ética. Ediciones Akal. Madrid, 1996
La evolución de las ideas filosóficas se concreta en la aparición de una nueva moral, la de los derechos humanos, cuyo más claro referente es la Declaración Universal de 1948. Esta moral de los derechos humanos coexiste (en ocasiones con tensiones, pero no forzosamente), con otras morales que afectan otros ámbitos de la existencia humana, morales propias de distintos colectivos o estrictamente individuales.
"Quien desee la vida buena para sí mismo, de acuerdo al proyecto ético, tiene también que desear que la comunidad política de los hombres se base en la libertad, la justicia y la asistencia. La democracia moderna ha intentado a lo largo de los dos últimos siglos establecer (primero en la teoría y poco a poco en la práctica) esas exigencias mínimas que debe cumplir la sociedad política: son los llamados derechos humanos cuya lista todavía es hoy, para nuestra vergüenza colectiva, un catálogo de buenos propósitos más que de logros efectivos. Insistir en reivindicarlos al completo, en todas partes y para todos, no unos cuantos y sólo para unos cuantos, sigue siendo la única empresa política de la que la ética no puede desentenderse."
Fernando Savater. Ética para Amador. Ariel. Barcelona, 1991
Esta nueva moral de los derechos humanos es también, lógicamente, un objetivo de estudio por parte de la ética, de lo que se deduce que los principios morales de los derechos humanos no son inmutables: si su análisis ético demuestra que son perfectibles, debe abordarse su actualización, tal como de hecho realmente ocurre. En el ámbito teórico a través de los foros de discusión filosóficos, y también en el ámbito práctico a través de las nuevas normas, documentos y puntualizaciones sobre derechos humanos que se van gestando en organismos como las Naciones Unidas.

Dentro de este proceso de actualización emergen las éticas aplicadas, centradas en los nuevos desafíos propios de nuestro tiempo, como la bioética o la ética medioambiental. En el segundo caso además se da la paradoja que para afrontar los problemas planteados, (el deterioro del medio ambiente y su incidencia negativa sobre los derechos humanos), son útiles aspectos de morales ancestrales en su momento despreciadas: aquellas morales propias de las culturas indígenas que promovían una relación más respetuosa con el entorno.

Desde los más remotos tiempos, los seres humanos han inventado múltiples sistemas morales y distintas teorías éticas, más o menos rigurosas. Los sistemas morales han ido evolucionando: unos han desaparecido, otros se han transformado. En ocasiones, las transformaciones han sido tan profundas que han dado lugar a nuevos sistemas morales. Por otro lado, cuando los sistemas morales han evolucionado, su evolución no siempre ha sido positiva, como en el caso de la emergencia del nazismo en el siglo XX, con su filosofía racista y genocida.

Las antiguas morales que han desaparecido en general ha sido a causa del colonialismo (físico, cultural, religioso), siendo suplantadas por los sistemas morales de los pueblos invasores o las culturas dominantes. La desaparición de algunos sistemas morales, o de parte de algunos sistemas, ha supuesto innegables avances en la afirmación de la dignidad de todos los seres humanos (como la supresión de las morales que justificaban la esclavitud). Otras desapariciones, en cambio, han supuesto pérdidas, como la ya mencionada de aquellas culturas que mantenían una relación más respetuosa con el entorno.

En la actualidad, siguen conviviendo distintos sistemas morales, no siempre respetuosos con los derechos humanos (como aquellos que todavía niegan la igualdad de derechos para las mujeres). Hoy, la razón de existir de la ética sigue siendo estudiar, racionalmente, la coherencia y la bondad de estos sistemas morales. La nueva moral de los derechos humanos también se ha de someter a este análisis ético, ya que es la mejor garantía de cara a afianzar esta propuesta moral basada en la dignidad inherente a todos los seres humanos, la más adecuada, además, para que todas las personas puedan ejercer libremente la vieja aspiración aristotélica de buscar la felicidad.
 


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