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 Historia de la infancia
La infancia desatendida. Olvido, negación y relativización de las necesidades de los menores
La visibilidad de la infancia
La conquista de la individualidad
La clase social
La higiene, la salud, la mortalidad infantil
La educación
El juego

La visibilidad de la infancia


Históricamente la infancia es invisible. El hilo conductor de las crónicas históricas son las grandes batallas y los grandes personajes. La vida cotidiana y doméstica, y por lo tanto también la infancia, hasta muy recientemente en general no han sido temas de interés. En las crónicas históricas, cuando aparece algún menor es un príncipe o una princesa. El resto de la infancia no existe.

Basta consultar cualquier biblioteca: dentro de las historias generales el interés por la infancia es mínimo o inexistente. Y si buscamos publicaciones sobre su estudio específico la bibliografía es reducidísima. Esto naturalmente condiciona cualquier aproximación a la infancia a lo largo de los siglos y en las diferentes culturas. Hay que tenerlo presente.

No obstante, sí que se han ocupado de la infancia pedagogos y pensadores. Desde los más remotos tiempos. En el apartado sobre la atención a la infancia nos referimos a ellos.

La conquista de la individualidad


Una de las negaciones más conocidas y radicales de la individualidad se dio, en la antigüedad, en la sociedad espartana. El niño, desde que nacía, si no era sacrificado a causa de su debilidad, era educado exclusivamente de cara a su formación como soldado. Apartado de la familia, se socializaba exclusivamente a través de su pertenencia (en condiciones durísimas) al ejército. En la sociedad espartana el individuo (y por lo tanto los niños y las niñas también) no tenía ninguna importancia; sólo importaba la colectividad, radicalmente militarizada.

Las religiones, en muchos momentos históricos y culturales, han representado el mismo papel represivo. Hoy no es un planteamiento superado por completo y los fundamentalismos religiosos y políticos (como los talibanes de Afganistán o la dictadura de Myanmar), nos lo recuerdan.

"Los pueblos fuertes han defendido los intereses colectivos, sacrificando, cuando era necesario, los personales y privados. Probablemente ésta ha sido una de las causas por la que la individualidad y la originalidad ha sido siempre considerada peligrosa, cuando no sospechosa. En consecuencia la originalidad, la discrepancia y la diferencia son valores modernos que apenas fueron tenidos en cuenta en la sociedad ni por supuesto en la escuela tradicional."
Lloyd De Mause, Historia de la infancia. Alianza. Madrid, 1991
La clase social
En general a lo largo de la historia el horizonte de un niño o niña terminaba donde terminaba el horizonte de su padre o madre. Por ejemplo, en la sociedad feudal, venía determinado por la división entre nobleza, clero y pueblo llano o campesinos (muy pocos mantenían su libertad, la mayoría dependían de algún señor de la nobleza). En esta sociedad la movilidad social no existía. La única posibilidad de variación era la vida religiosa, a su vez rígidamente jerarquizada, determinada por la condición social y los recursos que aportaba la persona (niño, joven o adulto) que ingresaba en ella.

El sistema de castas de la India es otro buen ejemplo. E ilustrativo de cómo una estructura social arcaica e injusta puede sobrevivir en un país democrático.

En cada cultura los miembros de una casta, cuerpo social, etc. tenían completamente asumida su condición, y a los menores se les educaba en función de su condición social. El objetivo era conseguir que se incorporaran con normalidad a las funciones que les tenía reservadas la sociedad de la forma más satisfactoria para las necesidades de la misma sociedad.

En la actualidad, la divinización y la dictadura del dinero establecen una nueva estructura social, sólo en parte paliada o compensada en algunas sociedades democráticas (no en todas) mediante las oportunas políticas sociales, encaminadas a ofrecer las mismas o parecidas oportunidades a todos los niños y niñas. A nivel mundial, no obstante, las desigualdades siguen siendo abismales, y las posibilidades de promoción de gran parte de la población infantil son inexistentes o insignificantes.

La higiene, la salud, la mortalidad infantil


En muchas épocas ha sido un verdadero peligro para las frágiles vidas infantiles la poca importancia que se daba a la higiene, cuando ésta no brillaba completamente por su ausencia.

Hay que tener en cuenta que las ideas innovadoras de los pensadores de las distintas épocas tenían una difusión muy limitada; en el hipotético caso que fueran tenidas en cuenta, quedaban restringidas a las clases dominantes. Mientras tanto, las clases populares, que constituían la mayoría de la sociedad, seguían guiándose por las costumbres heredadas, en ocasiones nada recomendables.

Por ejemplo, durante los siglos XVI y XVII, mientras Erasmo de Rotterdam, Juan Luís Vives o John Locke contribuían con sus obras al progreso del conocimiento, dedicando también su atención a las necesidades de los menores, no eran inusuales ideas para nosotros tan absurdas como considerar  que la orina de los niños tenía efectos beneficiosos para la piel del bebé, por lo que no se tenía un interés especial en lavarlos.

Todo esto, sumado a una precaria alimentación en la mayoría de los casos (a causa tanto de la pobreza de los recursos disponibles como de la pobre consideración del niño dentro del escalafón familiar), hacía que sobrevivieran sólo los más fuertes, los capaces de soportar las adversidades que debían afrontar. Recordemos que hasta tiempos históricamente muy recientes la mortalidad infantil era elevadísima en todo el mundo, y que en algunos países todavía lo es en la actualidad.

Durante la mayor parte de la historia la miseria y la incultura han sido una losa pesadísima y de efectos catastróficos, pero en la actualidad los recursos mundiales existentes podrían corregir fácilmente esta "pobreza estructural" que afecta a millones de personas.

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La educación


La educación siempre ha sido motivo de interés en todas las culturas. Eso sí, con un sentido distinto del que se le da en la actualidad. Si ahora la concebimos como la posibilidad de (en teoría) facilitar a toda la infancia las mismas posibilidades para desarrollarse, históricamente su función ha sido simplemente perpetuar el modelo social vigente, al que se supeditaban los intereses individuales
"Antes del Renacimiento los modelos pedagógicos se reducían a satisfacer las necesidades de los diferentes estamentos sociales. Se educaba de modo distinto a los reyes, a los caballeros, a los monjes, a los clérigos, a los burgueses y a los campesinos, no de acuerdo con sus condiciones naturales, sino con la profesión a la que sus padres y su condición social les destinaban."
Buenaventura Delgado. Historia de la infancia. Ariel. Barcelona, 1998
La educación, a cargo directamente de los padres, a cargo de tutores (en el seno de la familia o fuera de ella), o a cargo de centros de escolarización (independientes o dependientes del estado o de un organismo religioso), es un debate que con distintas variaciones se perpetúa a lo largo de los siglos. Por ejemplo, ya en Grecia existía el modelo espartano, controlado por el estado y basado en una educación enfocada estrictamente a la milicia, y el modelo ateniense, basado más en las familias o en las escuelas (no controladas por el estado) y a las que asistían los menores de las familias que así lo decidían.

La alternativa entre asumir o delegar la responsabilidad educativa se manifiesta en muchos aspectos. Uno de estos aspectos sería la existencia durante siglos de amas de cría en la primera infancia, a las que se encomendaba la crianza y la educación del menor los primeros años de su vida, a menudo lejos del hogar materno.

Otro ejemplo más reciente sería la escolarización en internados, cuando se mandaba (o se manda) allí al menor sólo por considerarlo una mejor opción educativa, incluso de prestigio, sin que medien condicionantes geográficos que realmente impidan una escolarización compatible con su permanencia en el seno familiar. O en el polo opuesto, y en contra de la mayoritaria escolarización obligatoria, está el caso de aquellas familias que reclaman su derecho a no mandar a sus hijos a la escuela y encargarse ellas mismas de su educación.

En la actualidad, según el régimen político existente y las peculiaridades sociales de cada estado se desarrollan distintos sistemas educativos, de modelo único o más o menos plural según los casos.

El acceso a la educación tal como lo concebimos hoy es posiblemente una de las mayores conquistas históricas. Sin duda, el acceso mundial de la infancia a la educación básica no es todavía una realidad: muchos menores padecen distintos grados de analfabetismo, cuando no el analfabetismo total. Pero al menos, en un plano teórico, el derecho de la infancia a la educación está plenamente asumido y  no se discute.

De todas formas, aquí también las niñas salen de nuevo peor libradas. Cuando a partir de la Ilustración se empieza a socializar y a pretender universalizar la educación, se hace sin tener en consideración a las niñas. De la misma forma que la Declaración de los Derechos del Hombre (1789) se dirige sólo a una pequeña parte de la humanidad (los ciudadanos libres franceses del sexo masculino), el mundo de la educación seguirá cerrado para las niñas, y no será hasta principios del siglo XX que se empiece a exigir de forma generalizada la igualdad de enseñanza para los dos sexos. Y durante todo el siglo XX se librará la batalla por esta igualdad, una batalla todavía no concluida, ya que a la discriminación encubierta en algunas sociedades occidentales se suma la descarada y en ocasiones violenta discriminación hacia las mujeres de algunas culturas, por ejemplo (aunque no exclusivamente) la existente en la mayoría de los países islámicos, empeñadas en marginar a las niñas del mundo educativo, para evitar la más mínima promoción de la mujer.

El juego


Afirmar que jugar es una actividad imprescindible para cualquier niño o niña todavía sorprende a algunas personas.
"Además de ir a la escuela, ayudar en casa y hacer las actividades extraescolares, el niño ha de jugar; si no juega, o no juega el tiempo suficiente o suficientemente bien, no se convertirá en un buen adulto."
Quan els infants diuen prou. Francesco Tonucci. Graó, 2004
La necesidad de jugar y el juego han existido siempre. Pero ¿han jugado mucho las niñas y los niños a lo largo de la historia? Sin duda han jugado todo lo que han podido, todo lo que les han dejado: jugar es su impulso natural. La presencia del juego en todas las culturas y el rico catálogo de juegos tradicionales en cada una de ellas es un buen indicador en este sentido.

La importancia del juego es reconocida desde la antigüedad. Platón ya decía que "El juego es un factor determinante en la formación del ciudadano perfecto". Todas las culturas nos han dejado testimonios escritos o gráficos sobre el juego infantil, incluso sobre el juego de los adultos. Egipto, Grecia, Roma... Ya en el siglo XVI, un testimonio de los más conocidos es el cuadro "Los juegos", de Pieter Brueghel El Viejo.

Otra cuestión interesante a tener en cuenta sería diferenciar, a lo largo de la historia y también ahora, entre el juego como actividad espontánea y sin reglas previas, el juego reglado en sus diferentes modalidades y, como forma particular del juego reglado, el juego pensado por los adultos y para los menores como medio de aprendizaje de materias y valores. Sin dudar de la importancia de las tres modalidades, en la actualidad, teniendo en cuenta la tendencia de las sociedades desarrolladas a pautar de forma exhaustiva el tiempo libre infantil, seguramente sería oportuno recordar la necesidad del juego libre y espontáneo.

En general, la posibilidad de jugar ha venido determinada por el grado de libertad y tiempo libre que ha gozado la infancia en las distintas culturas. Cuando esta libertad no ha existido, como en el caso extremo de los niños esclavos (o sometidos a condiciones de esclavitud), la vida del menor ha sufrido esta carencia fundamental, ensombreciendo su presente e hipotecando su desarrollo.


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